
– Shh… la próxima vez la atraparás -dijo Kristi, cogiendo al chucho en sus brazos. Sus patas mojadas juguetearon por la sudadera y recibió una húmeda pasada de lengua de Peludo en la mejilla-. Te echaré de menos -le aseguró al perro, que se retorcía para regresar a tierra y a su caza de roedores. Kristi lo puso sobre la hierba, encogiéndose levemente debido a un persistente dolor en el cuello.
– ¡Peludo! ¡ Ven aquí! -le ordenó Olivia desde el porche, pero el absorto perro hizo caso omiso de ella.
– No estás completamente curada -señaló Bentz. Kristi suspiró con fuerza.
– Mira papá, todos mis variados y especializados médicos dijeron que estaba bien. Mejor que nunca, ¿vale? Es curioso lo que se puede conseguir con un poco de tiempo en el hospital, algo de fisioterapia, unas cuantas sesiones con un psiquiatra y después de casi un año de intenso entrenamiento personal.
Él resopló. Como añadiendo crédito a sus preocupaciones, un cuervo aleteó hacia ellos para acabar posándose entre las ramas desnudas de un magnolio. Profirió un solitario y melancólico graznido.
– Te asustaste mucho cuando despertaste en el hospital -le recordó.
– Eso es historia antigua, por el amor de Dios. -Y era verdad. Desde su ingreso en la uci, el mundo había cambiado por completo. El huracán Katrina había hecho pedazos Nueva Orleans, y luego se había dividido a lo largo de la costa del Golfo. La devastación, el pesimismo y la destrucción aún persistían. A pesar de que el Katrina había arrasado a su paso por el Golfo hacía más de un año, las consecuencias de su furia eran evidentes por todas partes, y lo serían durante años; probablemente décadas. Se hablaba de que Nueva Orleans podría no volver a ser la misma jamás. Kristi prefirió no pensar en ello.
