Su padre, por supuesto, había tenido trabajo de más. De acuerdo, ella podía entenderlo. La fuerza policial al completo había sido destinada al punto crítico, al igual que la propia ciudad y los castigados y dispersos ciudadanos, algunos de los cuales habían sido enviados a puntos lejanos, al otro lado del país y no pensaban regresar. ¿Quién podía culparles con los hospitales, servicios ciudadanos y transportes hechos un desastre? Desde luego que existía una revitalización, pero llegaba de forma lenta e irregular. Afortunadamente el barrio francés, el cual había salido del paso virtualmente ileso, todavía representaba sin igual la vieja Nueva Orleans, de forma que los turistas se aventuraban de nuevo en esa parte de la ciudad.

Kristi había pasado los últimos seis meses de voluntaria en uno de los hospitales locales, ayudando a su padre en la comisaría, empleando los fines de semana en la limpieza de la ciudad, pero ahora comprendía, y su psiquiatra había insistido en ello, que necesitaba continuar con su vida. De forma lenta, pero segura, Nueva Orleans resurgía. Y había llegado el momento en el que debía empezar a pensar en el resto de su propia vida y en lo que deseaba hacer.

Como de costumbre, el detective Bentz no estuvo de acuerdo. Después del huracán, Rick Bentz había vuelto a adoptar su papel de padre protector de forma exagerada. Kristi estaba muy por encima de eso. Ya no era como si fuera una niña, o incluso una adolescente. ¡Era una adulta, por el amor de Dios!

Cerró de un golpe el maletero del utilitario. El cierre no encajó, así que volvió a colocar su almohada favorita, su lámpara de mesa y el edredón bordado a mano que su abuela le había dejado; entonces volvió a probar. Esta vez, el cierre encajó en su posición.

– Tengo que irme. -Comprobó la hora en su reloj-. Le dije a la patrona que hoy llegaría para tomar posesión de mi habitación. Llamaré cuando llegue y te haré un informe completo. Te quiero.



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