Pareció estar a punto de protestar, entonces respondió con brusquedad: «Yo también, niña».

Ella lo abrazó, sintió la fuerza de su achuchón, y se sorprendió al descubrir que luchaba por contener unas repentinas lágrimas al apartarse de él. ¡Qué ridículo! Le mandó un beso a Olivia y luego se puso tras el volante. Con un giro de su muñeca, el motor del pequeño coche cobró vida y Kristi, con un nudo en la garganta, retrocedió todo el largo camino de entrada a través de los árboles.

Una vez en la carretera, dio la vuelta sobre el asfalto mojado. Echó un nuevo vistazo a su padre, con el brazo levantado mientras le decía adiós. Dejando escapar un profundo suspiro, se sintió repentinamente libre. Finalmente se marchaba. Después de un largo tiempo, por fin, estaba otra vez por su cuenta. Pero mientras ponía el coche en camino, el cielo se oscureció, y en el espejo retrovisor de uno de los lados, captó una imagen de Rick Bentz.

Una vez más el color de su cuerpo se había diluido y parecía un fantasma, en tonos de negro, blanco y gris. Le faltó el aliento. Podía correr todo lo lejos que le fuera posible, pero jamás escaparía al espectro de la muerte de su padre.

Lo sabía en el fondo de su corazón.

Era seguro.

Y ocurriría pronto.


* * *

Escuchando una vieja balada de Johnny Cash, Jay McKnight miraba a través del parabrisas de su camioneta mientras las escobillas apartaban las gotas de lluvia que caían sobre el cristal. Mientras conducía a noventa kilómetros por hora a través de la tormenta con su perro de caza medio ciego en el asiento del copiloto, se preguntó si estaba perdiendo la cabeza.

¿Por qué otro motivo accedería a hacerse cargo de una clase nocturna para un amigo de una amiga que estaba de vacaciones? ¿Qué le debía él a la doctora Althea Monroe? Nada. Apenas conocía a esa mujer.



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