
Hacía tiempo que pensaba haber hecho bien al librarse de ella.
Pero la verdad era que había leído y escuchado acerca de sus devaneos con la muerte, sobre sus encuentros con psicópatas, sobre su larga estancia en el hospital, recuperándose del último ataque, y él se había sentido mal, incluso hasta el punto de llamar a un florista para mandarle un ramo antes de cambiar de idea. Kristi era como una mala costumbre, una de la que un hombre no podía quitarse. Jay estaba bien mientras no oyera hablar de ella, leyera sobre ella o la viese. Todas aquellas viejas emociones estaban encerradas bajo unas llaves bien custodiadas. Había estado interesado en otras mujeres. Había estado comprometido, ¿verdad? Aun así, tener que verla todas las semanas…
Probablemente sería bueno para él, decidió repentinamente. «Para fortalecer el carácter», como su madre solía decir siempre que se metía en problemas y tenía que pagar el precio del castigo, normalmente en manos de su padre.
– Demonios -murmuró bajo su aliento como si fuera la clave de la cuestión en que estaba metido. Su mandíbula se deslizó hacia un lado y, durante un segundo, se permitió fantasear sobre enseñar en una clase en la que Kristi fuese su alumna, en la que tuviera que atenerse a su criterio, a su control. ¡Jesús! ¿En qué estaba pensando? Había decidido hace mucho tiempo que no volver a verla era lo correcto. Ahora parecía que tendría que verla durante tres horas seguidas, una vez por semana.
Tras apurar su cerveza, la colocó con un golpe seco sobre su escritorio. No había alterado todo su maldito plan de trabajo, ni comenzado a trabajar en turnos de diez horas, ni tenido que pasar por el suplicio de cambiar su vida al completo tan solo para tener que ver a Kristi cada semana. Apretó tanto la mandíbula que le dolía.
