Puede que dejara su clase. En cuanto se diera cuenta de que asistiría a la clase de la doctora Monroe, Kristi probablemente cambiaría de programa. No había duda de que ella no deseaba verlo más de lo que él deseaba tratar con ella. Y la idea de que él iba a ser su profesor probablemente la ahuyentaría, dejaría sus clases. Por supuesto que lo haría.

Bien.

Leyó el resto de la lista de clase de treinta y cinco estudiantes interesados en la criminología; ahora treinta y cuatro. Su mirada regresó al primer nombre de la lista: Rylee Ames. Inquieto, Jay se rascó la incipiente barba de su mentón.

¡Qué demonios le había ocurrido?

Capítulo 2

– … Ni música alta, ni mascotas, ni fumar, todo está aquí, en el contrato -dijo Irene Calloway, a pesar de que ella misma olía sospechosamente a humo de tabaco. Con sus setenta y pocos años, unos escasos mechones cortos de pelo gris que asomaban por debajo de una boina roja, Irene lucía delgada como un palillo en el interior de sus anchos vaqueros gastados y su camiseta demasiado grande para ella. A modo de chaqueta llevaba una varonil camisa de franela, y observaba a Kristi a través de unas gafas de gruesos cristales. Kristi y ella estaban sentadas a una pequeña mesa rayada, en el estudio amueblado que había en la tercera planta. El lugar tenía una suerte de encanto, con sus techos abuhardillados, la vieja chimenea, los suelos de madera y las ventanas de cristales empañados. Era acogedor y tranquilo, y Kristi no podía creer en su suerte al haber encontrado aquel lugar. Irene golpeó con su dedo largo y nudoso sobre la letra pequeña del contrato.

– Lo he leído -le aseguró Kristi, aunque la copia que ella había recibido por fax estaba borrosa. Sin más dilación, firmó ambas copias del contrato por seis meses y le devolvió uno de ellos a su nueva patrona.



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