
– ¿No estás casada?
– No.
– ¿No tienes hijos?
Kristi sacudió la cabeza, algo molesta. Las preguntas de Irene se pasaban una pizca de personales.
– ¿No tienes novio? El contrato estipula que solamente puede haber una persona ahí arriba. -Hizo un ademán hacia el pequeño desván que una vez había sido un ático, posiblemente las habitaciones de los sirvientes del enorme y viejo caserón, ahora dividido en apartamentos.
– ¿Y si decido que necesito una compañera de habitación? -inquirió Kristi, aunque quienquiera que fuese, se vería relegada al sofá de aspecto gastado o a una cama hinchable.
Irene encogió sus labios.
– El contrato tendría que ser reescrito. Yo querría realizar una comprobación de seguridad sobre cualquier posible inquilino y, por supuesto, el alquiler subiría junto con un nuevo depósito de seguridad. Y no se permite realquilar. ¿Lo entiendes?
– Por el momento, solo estoy yo -respondió Kristi, tratando de morderse la lengua de algún modo. Necesitaba aquel apartamento. El alojamiento era algo difícil de encontrar en mitad del año escolar, especialmente cualquier apartamento cercano al campus. Un golpe de suerte la ayudó a descubrir aquel desván en Internet. Había sido una de las pocas opciones que podía permitirse a una distancia que pudiera caminarse hasta la escuela. Y en cuanto a una compañera, Kristi prefería volar en solitario, pero las finanzas podrían obligarla a tratar de buscar a alguien para compartir el alquiler y las facturas.
– Mejor. No estoy para tonterías.
Kristi lo dejó correr. Por ahora. Sin embargo, aquella anciana estaba empezando a irritarla.
– ¿No tienes ninguna otra pregunta? -inquirió Irene mientras doblaba su copia enérgicamente con las uñas, y la introducía en el bolsillo lateral de una bolsa hecha de ganchillo.
