– Aún no. Puede que una vez que me haya mudado.

Los oscuros ojos de Irene se entrecerraron tras sus gafas, como si en verdad estuviera analizando a Kristi.

– Si hubiera algún problema, también puedes llamar a mi nieto, Hiram. Está en el primero A. -Agitaba sus dedos mientras se lo explicaba-. Es una especie de casero de guardia. Obtiene un descuento en su alquiler arreglando cosas y encargándose de problemas de poca importancia. -Las arrugas encima de sus cejas se hicieron más profundas-. Sus condenados padres se separaron y olvidaron que tenían un par de hijos. Qué estupidez. -Rebuscó en el bolsillo de sus vaqueros para extraer una tarjeta con su nombre y número de teléfono, además de los de Hiram, y la deslizó sobre la mesa-. Le dije a mi hijo que cometía un error liándose con aquella mujer, pero ¿acaso me escuchó? Oh, no… Maldito idiota.

Como si se diese cuenta de que estaba hablando demasiado, cambió de tema rápidamente.

– Hiram es un buen chico. Trabaja duro. Te ayudará a instalarte, si quieres; sabe arreglarlo todo. Lo aprendió de mi marido, que en paz descanse. -Mientras se ponía en camino, siguió hablando-. Oh, voy a hacer que Hiram instale cerrojos nuevos en todas las puertas. Y si tienes alguna ventana que no cierra bien, él también puede encargarse de ello. Supongo que has oído las últimas noticias. -Sus cejas grises se asomaron por el borde superior de sus gafas sin montura y se rascó nerviosamente la barbilla, como si estuviera considerando lo que estaba a punto de revelar-. Varias estudiantes han desaparecido aquí este curso. No han encontrado ningún cuerpo, ya sabes, aunque la policía parece sospechar que les ha pasado algo malo. Si te interesa mi opinión, todas se han escapado. -Desvió la mirada y murmuró-. Siempre pasa, pero nunca se toman suficientes precauciones. -Asintió como si estuviera de acuerdo consigo misma, metiéndose el bolso bajo el brazo.

– He visto las noticias.

– Todo era diferente cuando yo crecí aquí -le aseguró Irene-.



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