
Win bostezó.
– ¿Hay algo más que quieras decir?
– Creía que era evidente, pero aquí está. ¿Por qué de pronto pareces tan dispuesto, e incluso entusiasmado, a aceptar esta misión en particular, cuando en el pasado…?
– En el pasado -interrumpió Win-. Siempre te he ayudado, ¿no?
– La mayoría de las veces, sí.
Win me miró, se golpeó la barbilla con el índice.
– ¿Cómo explicarlo? -Se detuvo, pensó, asintió-. Tenemos tendencia a creer que las cosas buenas durarán para siempre. Está en nuestra naturaleza. Por ejemplo, los Beatles. Oh, siempre estarán con nosotros. Los Soprano, esa serie que no dejarán nunca de emitir. La serie de Zuckerman, de Philip Roth. Los conciertos de Springsteen. Pero las cosas buenas son escasas. Hay que disfrutarlas, porque siempre nos dejan demasiado pronto.
Win se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir de la habitación miró atrás.
– Trabajar contigo -dijo- es una de esas cosas buenas.
4
No costó mucho encontrar a Lex Ryder.
Esperanza Díaz, la socia de Myron en MB Reps, le llamó a las once de la noche y dijo:
– Lex acaba de usar su tarjeta de crédito en el Three Downing.
Myron se alojaba, como hacía a menudo, en el apartamento de Win en el legendario edificio Dakota, que daba a Central Park West, en la esquina de la Calle 72. Win tenía uno o tres dormitorios libres. El Dakota databa de 1884 y destacaba. Su estructura de fortaleza era hermosa, oscura y, en cierto modo, maravillosamente deprimente. Era un batiburrillo de gabletes, balcones, florones, pedimentos, balaustradas, hierros forjados, medias cúpulas, rejas forjadas, arcadas, buhardillas; una extraña mezcla sin solución de continuidad, más perfecta que abrumadora.
