– ¿Qué es eso? -preguntó Myron.

– ¿No conoces el Three Downing? -preguntó Esperanza.

– ¿Debería?

– Sin duda. Ahora mismo es el local de moda en la ciudad. Diddy, las supermodelos, los diseñadores, toda esa pandilla. Está en Chelsea.

– Oh.

– Es un poco decepcionante -opinó Esperanza.

– ¿Qué?

– Que un chuleta de tu categoría no conozca los lugares de moda.

– Cuando Win y yo vamos de clubes, llegamos en la limusina Hummer blanca y utilizamos las entradas subterráneas. Los nombres se confunden.

– Puede que estar prometido esté estropeando tu estilo -dijo Esperanza-. ¿Quieres pasar por ir allí y recogerle?

– Estoy en pijama.

– Sí, todo un chuleta. ¿Tus pijamas tienen pies?

Myron consultó su reloj de nuevo. Podía estar en el centro antes de medianoche.

– Voy para allá.

– ¿Win está ahí? -preguntó Esperanza.

– No, todavía no ha vuelto.

– ¿Vas a ir solo?

– ¿Te preocupa que un bocado delicioso como yo vaya a un club nocturno solo?

– Me preocupa que no te dejen entrar. Me encontraré contigo allí. Dentro de media hora. En la entrada de la Calle 17. Vístete para impresionar.

Esperanza colgó. Eso sorprendió a Myron. Desde que había sido madre, Esperanza, una juerguista chica bisexual, ya no salía por las noches. Siempre se había tomado su trabajo muy en serio. Ahora era dueña del cuarenta y nueve por ciento de MB Reps y, con tantos viajes extraños de Myron en los últimos tiempos, había tenido que asumir casi toda la carga de la empresa. Pero, tras años de llevar una vida nocturna tan hedonista que hubiese puesto verde de envidia a Calígula, Esperanza se había pasado a la abstinencia total, después de casarse con el correctísimo Tom y tener un hijo llamado Héctor. Pasó de ser Lindsey Lohan a Carol Brady en cuatro segundos y cinco centésimas.



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