
Myron echó un vistazo a su armario, preguntándose qué debería ponerse para ir al local nocturno de moda. Esperanza le había dicho que se vistiese para impresionar, así que se decidió por lo habitual y seguro -tejanos, americana azul, mocasines caros-, el Señor Chic Informal, más que nada porque era lo único disponible que encajaba con la sugerencia. En realidad había poco más en su armario que tejanos, americanas y un traje de confección, a menos que quisiese parecer un vendedor de una tienda de electrodomésticos.
Cogió un taxi en Central Park West. El cliché sobre los taxistas de Manhattan es que son todos extranjeros y apenas saben hablar inglés. El cliché puede ser cierto, pero habían pasado por lo menos cinco años desde la última vez que Myron había hablado con uno. Todos los taxistas de Nueva York llevan el audífono de un móvil Bluetooth en el oído, las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, y hablan en voz baja en su lengua nativa con quien sea que esté al otro lado. Modales aparte, Myron siempre se preguntaba qué persona podía haber en sus vidas que quisiera hablar con ellos a todas horas. En ese sentido, se podía afirmar que se trataba de hombres muy afortunados.
Myron estaba preparado para encontrarse con una cola de público inmensa, un cordón de terciopelo o algo así, pero cuando llegaron a la dirección, en la Calle 17, no había ninguna señal de un club nocturno. Por fin comprendió que el «Three» correspondía al tercer piso y que Downing era el nombre del edificio que había enfrente. Alguien había ido a la Escuela de Nombres Literales de MB Reps.
El ascensor llegó al tercer piso. Tan pronto como se abrieron las puertas, Myron sintió el ritmo del bajo en su pecho. La larga cola de desesperados por entrar ya se había formado. Al parecer, las personas acudían a clubes como éste para divertirse, pero la realidad era que la mayoría, después de hacer cola, acababan recibiendo un severo recordatorio de que no eran lo bastante interesantes para sentarse a la mesa de los chicos más populares. Los vips pasaban a su lado casi sin mirarles, y eso hacía que su deseo de entrar creciera aún más. Había un cordón de terciopelo, que indicaba su estatus inferior, vigilado por tres gorilas con cabezas afeitadas y caras agrias.
