Myron se acercó con su mejor andar estilo Win.

– Hola, chicos.

Los gorilas no le hicieron caso. El más grande de los tres llevaba un traje negro sin camisa. Nada. La chaqueta y sin camisa. Su pecho untado con vaselina mostraba una impresionante musculatura metrosexual. Ahora mismo se estaba ocupando de un grupo de cuatro chicas de quizá-veintiún años. Todas llevaban unos tacones ridículamente altos -la confirmación de que los tacones estaban de moda este año-, y más que caminar, se tambaleaban. Los vestidos eran lo bastante cortos como para que las denunciasen, pero eso ya no era nada nuevo.

El gorila las miró como si fuesen ganado. Las chicas hicieron poses y sonrieron. Myron casi esperó verlas abrir la boca para que él pudiese mirarles los dientes.

– Vosotras tres, vale -dijo Músculos-. Vuestra amiga es demasiado gorda.

La chica gorda, que debía de usar una talla cuarenta y dos, comenzó a llorar. Sus tres amigas formaron un círculo y discutieron si debían entrar sin ella. La chica gorda se marchó llorando. Las amigas se encogieron de hombros y entraron. Los tres gorilas sonrieron.

– Elegante -dijo Myron.

Las sonrisas burlonas se volvieron hacia él. Músculos le miró a los ojos, con actitud desafiante. Myron aguantó la mirada y no la apartó. Músculos le miró de arriba abajo y, evidentemente, le pilló en falta.

– Bonito atuendo -comentó Músculos-. ¿Va camino de discutir una multa de aparcamiento en el juzgado de tráfico?

Sus dos colegas, ambos con camisetas Ed Hardy ajustadísimas, le rieron la gracia.

– Sí -respondió Myron, y le señaló el pecho-. Tendría que haberme dejado la camisa en casa.



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