Músculos se inclinó hacia la oreja de Myron, con sus compañeros cada vez más cerca.

– ¿Se da cuenta, por supuesto, de que vamos a echarle de aquí a patadas en el culo?

– ¿Y usted se da cuenta, por supuesto -respondió Myron-, de que los esteroides le achican los testículos?

Entonces, detrás de él, Esperanza dijo:

– Viene conmigo, Kyle.

Myron se volvió, vio a Esperanza, y consiguió no decir «¡Caray!» en voz alta, aunque no fue fácil. Conocía a Esperanza desde hacía veinte años, había trabajado codo a codo con ella, y algunas veces, cuando ves a una persona todos los días y te conviertes en su mejor amigo, te olvidas de lo espectacular que es. Cuando se conocieron, Esperanza era una luchadora profesional con muy poca ropa conocida como La Pequeña Pocahontas. Adorable, ágil y caliente a más no poder, había dejado de ser la chica guapa de las Fabulosas Damas de la Lucha para convertirse en su ayudante personal, mientras estudiaba Derecho por las noches. Por decirlo de alguna manera, había ascendido y ahora era la socia de Myron en MB Reps.

En el rostro de Músculos Kyle apareció una sonrisa.

– ¿Poca? Chica, ¿de verdad eres tú? Estás tan buena que te lamería en un cucurucho de helado.

– Bonita frase, Kyle -aprobó Myron.

Esperanza le ofreció la mejilla para que le diera un beso.

– Yo también me alegro de verte.

– Ha pasado mucho tiempo, Poca.

La belleza morena de Esperanza hacía evocar cielos iluminados por la luna, paseos nocturnos por la playa y olivos mecidos por la brisa. Llevaba pendientes de aro. Su largo pelo negro tenía ese punto de despeinado perfecto. Su blusa blanca parecía cortada por una deidad generosa; quizá llevaba abierto un botón de más, pero funcionaba. Los tres gorilas se apartaron. Uno quitó el cordón de terciopelo. Esperanza le recompensó con una sonrisa deslumbrante. Mientras Myron la seguía, Músculos Kyle se interpuso en su camino para tropezar con él. Myron se preparó y se aseguró de que Kyle se llevase la peor parte. Esperanza murmuró:



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