
– Hombres.
– Tú y yo no hemos acabado, tío -le susurró Músculos Kyle a Myron.
– Quedaremos para comer -dijo Myron-. Quizá podamos ir a la matiné de South Pacific.
Mientras entraban, Esperanza observó a Myron y sacudió la cabeza.
– ¿Qué?
– Dije que te vistieses para impresionar. Y pareces un chaval de quinto grado a punto de ir a la reunión de padres con el maestro.
Myron señaló sus pies.
– ¿Con mocasines Ferragamo?
– ¿Por qué te estabas metiendo con esos neardentales?
– Llamó gorda a una chica.
– ¿Y tú acudiste a su rescate?
– Bueno, no. Pero se lo dijo a la cara. «Tus amigas pueden entrar, pero tú no porque estás gorda.» ¿Quién sería capaz de hacer eso?
La sala principal del club era oscura con unos toques de neón. Había grandes pantallas de televisión en una pared porque, cuando vas a un club nocturno lo que de verdad quieres, pensó Myron, es mirar la tele. El equipo de sonido, que tenía más o menos el tamaño y la dimensión de un concierto al aire libre de los Who, atacaba los sentidos. El Dj pinchaba música house, un estilo en el que los Dj con talento toman una canción decente y la destrozan a fondo añadiendo bajos sintetizados o percusión electrónica. Había un espectáculo láser, algo que Myron creía pasado de moda después de la gira de Blue Oyster Cult en 1979, y un grupo de chicas esqueléticas hacían «oooh» y «aaah» por encima de unos efectos especiales en un lugar donde la pista de baile escupía vapor, como si eso no pudieses verlo en la calle, cerca de cualquier camión de Con Ed.
Myron intentó gritar por encima de la música, pero era inútil.
