
Esperanza mostraba una leve sonrisa en su rostro.
– ¿Qué? -preguntó Myron.
Ella le señaló el lado derecho de la pista de baile.
– Mira el culo de la tía de rojo.
Myron contempló las caderas vestidas de rojo que bailaban y recordó una frase de Alejandro Escovedo: «Me gusta más cuando se aleja». Hacía mucho tiempo que Myron no oía a Esperanza hablar de esa manera.
– Bonito -dijo Myron.
– ¿Bonito?
– ¿Espectacular?
Esperanza asintió mientras seguía sonriendo.
– Hay muchas cosas que podría hacer con un culo como ése.
Al mirar a la erótica bailarina y luego a Esperanza, una imagen apareció en la mente de Myron. La apartó de inmediato. Hay lugares en tu mente en los que más vale no entrar cuando estás intentando concentrarte en otras cosas.
– Estoy seguro de que a tu marido le encantaría.
– Estoy casada, no muerta. Puedo mirar.
Él la miró al rostro y notó su excitación, la extraña sensación de que ella se sentía de nuevo en su elemento. Cuando nació su hijo Héctor, hacía dos años, Esperanza se activó en modo mamá. Su mesa se llenó de pronto del clásico popurrí de imágenes cursis: Héctor con el Conejito de Pascua, Héctor con Santa Claus, Héctor con los personajes de Disney en la zona de juegos infantiles en Hershey Park. Sus mejores prendas de trabajo a menudo estaban salpicadas con saliva de bebé y, más que ocultarlo, le encantaba explicar cómo llegaban los escupitajos a su persona.
