
– Por supuesto.
– Era un desastre, ¿verdad?
– Tenías un gran talento para el tenis.
– Y era un desastre. No me dores la píldora.
Myron levantó las palmas hacia el techo.
– Tenías dieciocho años.
– Diecisiete.
– Diecisiete, lo que sea. -Tuvo un rápido recuerdo de Suzze al sol: el pelo rubio recogido en una coleta, la sonrisa traviesa en su rostro, un golpe derecho que le daba a la pelota como si ésta la hubiese ofendido-. Acababas de convertirte en jugadora profesional. Los adolescentes colgaban tu retrato en sus dormitorios. Se suponía que ibas a derrotar a las leyendas de inmediato. Tus padres redefinieron la palabra prepotente. Habría sido un milagro que te mantuvieses incólume.
– Bien dicho.
– Entonces, ¿qué pasa?
Suzze se miró la barriga como si acabase de aparecer.
– Estoy embarazada.
– Eh, sí, ya lo veo.
– La vida es buena, ¿sabes? -Ahora su voz era suave, nostálgica-. Después de todos aquellos años, cuando era un desastre… encontré a Lex. Su música nunca ha sonado mejor. La academia de tenis funciona a tope. Ahora todo va de maravilla.
Myron esperó. Los ojos de ella permanecían fijos en su barriga mientras la acunaba como si su contenido fuese lo que, más o menos, era, dedujo Myron. Para mantener la conversación, preguntó:
– ¿Te gusta estar embarazada?
– ¿Te refieres al acto físico de gestar un niño?
– Sí.
Suzze se encogió de hombros.
– No es que me sienta radiante ni nada por el estilo. Me refiero a que estoy muy dispuesta a parir. Es un pensamiento interesante. A algunas mujeres les encanta estar embarazadas.
– ¿A ti no?
– Es como si tuviese una excavadora aparcada en la vejiga. Creo que la razón por la que a las mujeres les gusta estar embarazadas es porque las hace sentirse especiales. Como si fuesen famosillas. La mayoría de las mujeres pasan por la vida sin llamar la atención, pero cuando están embarazadas, la gente monta revuelo a su alrededor. Puede parecer un poco condescendiente, pero a las mujeres embarazadas les gusta el aplauso. ¿Sabes a qué me refiero?
