
– Creo que sí.
– Supongo que ya he tenido mi ración de aplausos. -Se movió hacia la ventana y miró al exterior durante unos segundos. Luego se volvió hacia él-. Por cierto, ¿has visto lo grandes que tengo las tetas ahora?
– Hum -dijo Myron, y decidió no añadir nada más.
– Ahora que lo pienso, me pregunto si no deberías llamar a La-La-Latte para una nueva sesión fotográfica.
– ¿Unas tomas en ángulos estratégicos?
– Exacto. Se podría hacer una gran campaña con estas mamas. -Se las cogió con las manos, como si Myron no se hubiera dado cuenta de a qué mamas se refería-. ¿Tú qué opinas?
– Creo -respondió Myron- que te estás yendo por las ramas.
Ahora en los ojos de ella había lágrimas.
– Soy tan rematadamente feliz.
– Sí, bueno, comprendo que podría ser un problema.
Ella sonrió al oírle.
– He dejado atrás los demonios. Incluso me he reconciliado con mi madre. Lex y yo no podríamos estar más preparados para tener al bebé. Quiero mantener a los demonios apartados.
Myron se irguió en el sillón.
– ¿No estarás consumiendo de nuevo?
– Por Dios, no. No esa clase de demonios. Lex y yo ya hemos acabado con aquello.
Lex Ryder, el marido de Suzze, era la mitad de la legendaria banda/dúo, conocida como HorsePower; en realidad, seamos sinceros, era la mitad menos importante respecto a Gabriel Wire, un tipo con un carisma sobrenatural. Lex era un buen músico, aunque algo atribulado, pero él siempre sería un John Oates y Gabriel, un Daryl Hall; un Andrew Ridgeley y no un George Michael; sería como el resto de componentes de las Pussycat Dolls, eclipsadas por Nicole Scherz o como se llame.
– ¿Qué clase de demonios, entonces?
