
Suzze metió la mano en el bolso. Sacó algo que desde el otro lado de la mesa parecía una foto. La miró durante unos instantes y se la pasó a Myron. Él le echó un vistazo y esperó a que ella hablase de nuevo. Por fin, sólo por decir algo, dijo una obviedad:
– Es la ecografía de tu bebé.
– Sí. Veintiocho semanas de edad.
Más silencio. Myron lo volvió a romper.
– ¿Al bebé le pasa algo malo?
– Nada. Es perfecto.
– ¿Él?
Suzze T sonrió.
– Voy a tener a mi hombrecito.
– Es muy guay.
– Sí. Oh, es una de las razones por las que estoy aquí: Lex y yo hemos estado hablando de ello. Los dos queremos que seas el padrino.
– ¿Yo?
– Sí.
Myron no dijo nada.
– ¿Y bien?
Ahora era Myron quien tenía los ojos húmedos.
– Me siento muy honrado.
– ¿Estás llorando?
Myron no abrió la boca.
– Estás hecho una nenaza -dijo ella.
– ¿Qué pasa, Suzze?
– Quizá nada. -Una pausa-. Creo que hay alguien que tiene la intención de destruirme.
Myron mantuvo los ojos en la ecografía.
– ¿Cómo?
Entonces ella se lo mostró. Le mostró tres palabras que resonarían sordamente en su corazón durante mucho tiempo.
3
Una hora más tarde, Windsor Horne Lockwood III -conocido por todos aquellos que le temían (es decir, casi todos) como Win- entraba en el despacho de Myron. Win tenía un estupendo andar arrogante, como si vistiese frac y sombrero negro de copa e hiciese girar un bastón. Sin embargo, vestía una corbata Lilly Pulitzer rosa y verde, una americana azul que llevaba algo que parecía un escudo y pantalón caqui con una raya lo bastante aguda como para hacer sangre. Calzaba mocasines, sin calcetines, y en resumen parecía como si llegara de un crucero en el SS Ricachón.
– Suzze T acaba de estar aquí -comentó Myron.
