No era un mal tipo; es decir, era tan mediocre que le fue imposible ser muy malo. Pertenecía Matías a esa clase de gentes que hacían de sus empresas un proyecto afectivo; y que hablaban de los balances anuales de la firma con más cariño del que emplearían para las calificaciones escolares de sus chicos. Matías era tan antiguo en la Casa como él, había entrado en la agencia veinte años atrás, cuando ésta se llamaba Rumbo y era aún un pequeño negocio íntegramente español. Luego había ido mejorando junto con la firma, y cuando la agencia fue absorbida por la Golden Line Matías ya se andaba por los niveles directivos. Era uno de esos hombres de ánimo mísero y orgullo pequeño a quienes el éxito esclaviza a un estado de gratitud abyecta. Y así, Matías había sido para Quesada un cancerbero fiel, un delator leal: sólo que delataba no por medrar personalmente, sino para mayor gloria de la agencia. En fin, concluyó despiadadamente César, viéndole alejarse pasillo adelante, hundido y cabizbajo: En fin, que se fastidie. Además, no cabía la menor duda de que el asunto era ridículo. Tanta tragedia por una menudencia semejante, por unos metros cuadrados de garaje. Desde luego él, César, no se lo había tomado de ese modo. Claro que lo suyo era distinto. Como tú vienes tan poco por aquí es una pena desperdiciar así el espacio, le dijo Morton. Sonriendo. Pero había algo en el tono que raspó sus oídos. ¿Eso de que vengo tan poco es un reproche?, respondió César con forzada jovialidad. Morton le palmeó la espalda amistosamente; un día vas a escupir los pulmones de tanto fumar, comentó con afabilidad arrugando la nariz ante el cigarro; y añadió: Me han dicho que estás preparando una exposición. ¿Qué quieres decir?, había preguntado entonces César con demasiado ímpetu. ¿Qué quieres decir?, y afortunadamente reprimió lo que seguía: Insinúas quizá que no trabajo en la agencia porque estoy pintando. Pero aun así, aun cortada a la mitad, había sido una pregunta demasiado emocional.


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