– ¡Si parece una colegiala! -exclamó luego.

– Tengo veintitrés años -señaló Daisy, humillada por el insulto-. Si no tengo una apariencia sofisticada es porque me pidió que sea discreta. ¿O no lo recuerda?

– Es posible tener una apariencia discreta sin vestirse como una huerfanita -replicó Seth.

En la habitación hacía calor. Seth se quitó la chaqueta y la dejó sobre un sofá. Luego, se dirigió a la ventana. Estaba abierta y dejaba entrar los rayos del sol. Daisy oía el rumor del tráfico que circulaba por Park Lane.

Seth miró por la ventana y, después, se volvió hacia Daisy.

– Por lo que sé acerca de Dee, me imagino que si es amiga de ella, esos grandes ojos azules no son tan inocentes como aparentan. Pero dudo de que alguien pudiera pensar que yo estoy interesado seriamente en usted.

Daisy no sabía si sentirse aliviada u ofendida.

– ¿Es eso lo que desea?

– Necesito un señuelo.

Seth se desabotonó los puños, aflojó su corbata y se arremangó la camisa color azul pálido.

– Puedo explicarle en qué consiste el trabajo y, entonces, entenderá la razón por la que pienso que no es apropiada. De todas maneras, tiene que prometer que será discreta.

– Claro -dijo ella.

Seth se aproximó a Daisy y tomó asiento en un sillón frente a ella. Era obvio que trataba de encontrar la manera de contarle lo menos posible.

– Deseo casarme -comenzó a decir él.

Daisy se había imaginado cualquier cosa menos eso. Lo observó, consciente de un absurdo sentimiento de deseo, mientras se preguntaba cómo sería la vida de casada con un hombre así. Trataba de imaginarse aquel rostro implacable suavizado gracias al amor.

Por supuesto que a ella no le habría gustado ser su esposa. Hasta ese momento, Seth había demostrado un carácter agresivo, arrogante e irritante. Era el último hombre con el que aceptaría casarse.

«Por otro lado», pensó ella, «podría ser agradable confiar todos los problemas a alguien tan fuerte y seguro de sí mismo…»



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