Seth Carrington parecía un hombre que se preocupaba por sus propios asuntos, a diferencia de Robert, tan insoportablemente comprensivo con todos los que lo rodeaban.

De repente, Daisy volvió a la realidad.

– Mi… enhorabuena -lo felicitó.

Todavía no tenía claro cuál era su función en todo ese asunto. Seth se mostró ligeramente exasperado por la reacción de ella. Daisy se preguntó si él creía que le había contestado con malicia.

– Logré evitar el matrimonio hasta ahora -le dijo él-, pero Astra es una chica muy especial. Nuestras empresas se complementan bien. La boda será una fusión ideal para ambos.

Daisy lo miró con perplejidad. Ese hombre parecía considerar la idea como si fuera algo muy natural. Cualquiera podría haber dicho que la fusión de las empresas le interesaba más que su futura mujer, aunque dijera que era alguien muy especial.

Acto seguido, otro pensamiento le vino a la mente y se incorporó en el sillón. Astra no era un nombre muy común.

– ¿Astra?

– Astra Bentingger.

– ¿Astra Bentingger?

La voz de Daisy demostraba asombro. Astra Bentingger había heredado una de las más grandes fortunas del mundo a los dieciocho años. Sin dejarse agobiar por las responsabilidades, había tomado las riendas de los negocios y se había enriquecido aún más.

No pasaba una semana sin que su fotografía apareciera en alguna revista o periódico. Era una mujer inteligente, hermosa y hablaba perfectamente cinco idiomas. Era famosa en todo el mundo.

«La mujer perfecta», pensó Daisy sombríamente.

Se sentía intimidada. Contempló a Seth con un ligero temor. Si pensaba casarse con Astra Bentingger, él sería incluso más rico y poderoso de lo que se había imaginado. Era de dominio público que Astra sólo salía con hombres que pertenecían a su propio ambiente.

– Pero, ¿no está ya casada…? -Daisy se detuvo al recordar las últimas noticias que había leído sobre la novia de Seth.



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