
– Ah.
A Daisy no le gustó el tono desagradable de su voz. Tenía la sensación de que no le creía una palabra.
– ¿Es usted actriz, Daisy Deare?
– Sí -replicó ella con firmeza.
No había actuado en público desde que tenía siete años, cuando se había disfrazado para la fiesta de fin de curso de la clase de baile. Daisy comenzaba a sospechar que Dee Pearce tampoco poseía una gran trayectoria profesional.
– En este momento no estoy trabajando. Puedo partir para el Caribe cuando usted quiera.
Seth ignoró su proposición.
– ¿Por qué no me lo contó todo cuando la llamé? -preguntó en cambio de manera brusca.
– Creí que sería mejor explicárselo en persona. Además -continuó hablando con una ingenua mirada-, usted no habría aceptado conocerme si le hubiera dicho que no era Dee.
– Es verdad -contestó él con una mueca-. Intenté ponerme en contacto con Dee porque Ed me aseguró que era muy discreta. ¡Pero ella osó darle mi carta a la primera actriz en paro que está ansiosa por ir al Caribe!
– No me lo habría propuesto si no supiera que yo también soy muy discreta -dijo Daisy.
Estaba asombrada por su propia facilidad para inventar excusas.
– De todas formas -siguió diciendo con franqueza-, todavía no sé nada sobre ese asunto que requiere tanta discreción. ¡Su carta era ininteligible! Me pareció que necesita alguien que esté libre de todo compromiso. Como Dee no podía hacer ese trabajo, imaginé que estaría agradecido al saber que otra persona podía hacer el trabajo en su lugar.
– Estaría agradecido si hubiera enviado a alguien apropiado -espetó él-. Por lo que veo, usted es exactamente lo opuesto de lo que deseaba. Necesito una mujer sofisticada y elegante.
Su gélida mirada recorrió los cabellos rizados de Daisy, sus mallas grises y finalmente, se fijó en las zapatillas desteñidas de color amarillo.
