– No quiero explicar este asunto por teléfono. Será mejor que venga a verme -Seth parecía pensar en voz alta-. De esa forma, también podré echarle un vistazo a usted -y se oyó un crujido de papeles-. Tengo un rato libre a las cuatro. ¿Podrá llegar a tiempo?

Daisy pensó que había recibido invitaciones más amables que esa, pero no era el momento para protestar por la actitud de Seth. Si ese trabajo le facilitaría viajar al Caribe, entonces valía la pena soportar su brusquedad.

– Sí, allí estaré.

Daisy no se sorprendió al no recibir una respuesta entusiasta.

– No llegue tarde y sea discreta -fue todo lo que dijo Seth antes de colgar.

Daisy dejó lentamente el auricular en su sitio. No podía creer lo que había hecho.

¿Había sido realmente ella, Daisy Deare, la que aceptó encontrarse con un extraño en un hotel para discutir una oscura propuesta? La aventura más alocada que había tenido hasta esa fecha había sido saltarse un semáforo en rojo cuando conducía por una calle desierta a las dos de la madrugada.

Durante unos instantes, se vio dominada por la tentación de no acudir a la cita. Luego pensó en su padrastro, tristemente postrado en la cama de un hospital. También recordó el rostro ojeroso de su madre y la culpa que se reflejaba en sus ojos cuando pensaba en Tom.

Daisy sabía que su madre estaba convencida de que Tom se había marchado por culpa de ella. Las dos tenían la seguridad de que lo que más deseaba Jim Johnson era volver a ver a su hijo antes de morir. Tenían que encontrarlo.

Daisy se había puesto en contacto con todos los amigos de Tom, pero solamente uno le pudo proporcionar noticias sobre él. Mike le había escrito desde Florida. Le contaba que lo había visto en el Caribe y que intentaría averiguar algo más.

Cuando Daisy abrió con ansiedad aquella carta con sellos de los Estados Unidos, creyó que era la información que esperaba de Mike. Finalmente, se había encontrado leyendo la enigmática misiva que Seth Carrington le envió a Dee Pearce.



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