Daisy subió al autobús que iba a Mayfair. Pensó que ésa era su única oportunidad para ir al Caribe y hallar a Tom por su cuenta. De todas formas, no podía sucederle nada malo en un conocido hotel y con alguien que tenía una secretaria tan eficiente.

Al menos, se enteraría de la propuesta de Seth Carrington. Si solamente buscaba una prostituta, simplemente se marcharía de allí, pero sus modales telefónicos habían sido demasiado bruscos como para eso. ¿Por qué se iba a molestar en la redacción de una carta o el ofrecimiento de un viaje al Caribe si era sólo una cuestión de sexo?

Estaba claro que existían medios más sencillos para conseguirlo. Además, Seth Carrington no parecía de la clase de hombres que tienen que pagar por una mujer.

Las ramas verdes del mes de mayo rozaron el techo del autobús en King’s Road, pero Daisy no se dio cuenta. Estaba pensativa y sus oscuros ojos azules se perdían en el infinito a través de la ventana, sin hacer caso de los coches, la gente o las tiendas.

Se preguntó cómo sería Seth Carrington. Por teléfono, no había sido nada encantador. Recordó su voz profunda e implacable.

«Agresivo», pensó ella.

Pero inmediatamente ignoró el pensamiento y un ligero escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Probablemente sólo tenía unos modales telefónicos inadecuados.

El silencio reinaba en el vestíbulo del hotel. Daisy se sintió fuera de lugar con su larga camiseta negra y sus mallas de color gris. Esperó el ascensor para dirigirse a la suite del ático.

La gente que pasaba por allí era elegante y sofisticada. El aspecto general era de opulencia. Daisy se sintió aliviada cuando llegó el ascensor y comprobó que estaba vacío. Se miró al espejo mientras subía. Pensó que si Seth Carrington esperaba que ella fuera una mujer elegante y sofisticada, lo iba a decepcionar.



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