Sus cabellos oscuros y rizados se veían enredados, a pesar de que los había cepillado cuidadosamente. Aunque era esbelta y alta, tenía un aire desgarbado que nunca podría ser confundido con la elegancia.

No, nunca sería una persona sofisticada. Daisy suspiró al contemplar su rostro ovalado de ojos inocentes y azules enmarcados por largas pestañas. Se veía joven e incluso bonita, pero no era sofisticada.

¡No iba a funcionar! De pronto, el pánico que la dominó casi la impulsó a apretar el mando para bajar, pero era demasiado tarde. Las puertas se abrieron y una esbelta secretaria se puso en pie para saludarla.

Esa mujer rondaba los treinta y muchos años. No pudo ocultar su sorpresa detrás de un inexpresivo rostro al ver a Daisy.

– El señor Carrington tiene una visita -dijo la secretaria-, pero no tardará mucho. Tome asiento, por favor.

Lo que realmente deseaba Daisy era marcharse a casa y olvidar el nombre de Seth Carrington. De todas formas, se sentó en el extremo de un sofá. Trató de sentirse segura al pensar que él no tenía forma de saber que ella no era Dee Pearce. Y si se daba cuenta, lo peor que podía suceder era que la echara.

Inmediatamente, alguien abrió con ímpetu la puerta que estaba al otro extremo de la sala. Daisy se sobresaltó. Aun cuando no hubiese oído la voz de ese hombre al despedirse de su visita, ella habría adivinado enseguida cuál de los dos era Seth Carrington.

Era moreno y de complexión robusta. Su rostro era severo y despedía un poderoso magnetismo.

Seth acompañó al otro hombre hasta el ascensor, le tendió la mano y esperó a que las puertas se hubieran cerrado. Luego, se volvió y recorrió a Daisy con una mirada gélida. Ella seguía sentada en el sofá. Se sentía completamente fuera de lugar.

Sin saber la causa, Daisy se puso en pie.

– Hola -su voz era temblorosa y se aclaró la garganta, avergonzada.



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