Seth frunció el ceño.

– ¿Dee Pearce?

A Daisy no le agradó el tono incrédulo, pero asintió con la cabeza.

– Sí -respondió.

Él frunció más profundamente el ceño. Por un momento, Daisy creyó que la iba a echar de allí, pero después de una dura mirada, Seth dio unos pasos y le abrió la puerta.

– Es mejor que entre -le dijo.

Luego, se dirigió a su secretaria.

– María, retenga todas las llamadas.

Se retiró un poco para que Daisy pasara. Ella lo observó con nerviosismo. Deseó haber escapado cuando tuvo la oportunidad.

Seth cerró la puerta después de que hubieran entrado. Daisy observó el lugar. Estaba amueblado lujosamente y tenía varias puertas de acceso. Pero le fue imposible concentrarse en los muebles pues Seth la rondaba y estudiaba con la fiereza de un tigre.

Daisy sentía necesidad de volver sobre sus pasos y huir de allí, pero la sensación de que eso era lo que él esperaba hizo que ella levantara la barbilla en actitud desafiante y le devolviera la mirada.

En los ojos de Seth percibió un destello que podía ser de crítica. Él señaló un sillón.

– Siéntese -ordenó.

– Por favor -murmuró Daisy entre dientes, pero tomó asiento.

Luego deseó no haberlo hecho. Hundida en el cómodo sillón se encontraba en desventaja porque Seth seguía de pie y era como una torre amenazante que se erguía a su lado. Tenía el ceño fruncido de tal manera que la hizo revolverse con incomodidad.

– ¿Qué sucede? -preguntó Daisy finalmente pues él permanecía en silencio.

Seth era un hombre guapo, pero de una belleza no convencional. Poseía un encanto peligrosamente atractivo, aunque Daisy no lograba saber la causa. Era arrogante y fuerte. Tenía ojos del color del acero. Sus rasgos eran despiadados e implacables.

De pronto, Daisy se dio cuenta de que estaba observando su boca. Se le contrajo el estómago debido a una sensación que era mezcla de fascinación y aprensión.



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