– Intentaba imaginar qué es lo que está haciendo aquí -dijo Seth lentamente con su acento americano muy pronunciado.

Le resultaba extraño que una voz tan profunda pudiera sonar tan fríamente. Daisy miró hacia otra parte y trató de dominarse.

– Usted me pidió que viniera -titubeó-. ¿No lo recuerda? Teníamos que hablar sobre cierto asunto.

– Iba a tratarlo con Dee Pearce -objetó él con sequedad-. Me gustaría saber quién es usted.

– Soy Dee -manifestó Daisy.

– No me lo creo.

Seth se apoyó sobre el borde de una mesa y se cruzó de brazos. Miraba a Daisy con sus irónicos ojos grises.

– Ed describió a Dee como una rubia despampanante -añadió él mientras la estudiaba con desaprobación-. Aun cuando Ed tiene un indudable talento para exagerar, me parece que esa descripción no le corresponde, ¿verdad?

Daisy se mordió el labio. ¿Por qué no habría sido Dee Pearce una morena de aspecto corriente? Se preguntó si valía la pena responder que, siempre que había visto a Ed, llevaba una peluca. Pero un vistazo a la implacable expresión de Seth la desanimó. Ese hombre era capaz de decirle que ni siquiera con una peluca podía llegar a resultar una mujer impresionante.

– Probablemente no -suspiró ella.

Se sorprendió al observar un brillo divertido en los ojos fríos de Seth. Durante unos instantes, la expresión de él se transformó.

– Si usted no es Dee Pearce, entonces, ¿quién es?

– Mi nombre es Daisy Deare -contestó ella al notar que las cejas de Seth se elevaban en señal de burla-. Es Deare, con “e” final -añadió Daisy con dignidad.

– Bueno, Daisy Deare con “e” final -dijo Seth con sarcasmo-, quizás le gustaría explicarme qué es lo que está haciendo aquí y por qué se hace pasar por otra persona.

Daisy pensó rápidamente en una contestación.

– Soy amiga de Dee -dijo-. Ella… ella había programado un viaje de tres semanas cuando llegó su carta. Como conocía mis deseos de ir al Caribe, sugirió que viniera en su lugar. Nosotras… bueno… nos ayudamos a menudo.



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