
– ¿Te has mantenido en contacto con amigos de hace tanto tiempo? -preguntó Nelda.
– No, han pasado muchos años. ¿Y tú?
– Por Dios, querida, tengo sesenta y dos años. Ya ni siquiera estoy segura de encontrar a algunos de mis amigos con vida.
– ¿Piensas intentarlo?
– Es posible. Veré. -En el vestíbulo se detuvieron para preparar impermeables y paraguas. Nelda se despidió con un abrazo. -Recuerda lo que dije. Cuando se vaya tu hija, llámame.
– De acuerdo. Te prometo que lo haré.
Afuera la lluvia caía a torrentes, levantando diminutos géyseres en los charcos de la calle. Maggie abrió el paraguas y se dirigió a su automóvil. Cuando llegó al vehículo, tenía los pies mojados, el impermeable empapado y estaba aterida. Puso el motor en marcha y se quedó un minuto sentada con las manos cruzadas sobre las rodillas, viendo cómo se condensaba su aliento sobre los vidrios antes de que el desempañador lo secara.
Había sido una sesión particularmente agotadora. Tantas cosas en que pensar: Tammi, su adiós a Phillip, cómo iba a cumplir los propósitos que se había hecho, la partida de Katy. No había tenido ocasión de hablar de ello, pero se elevaba como sombra negra sobre todas las otras preocupaciones, amenazando con destruir cada pequeño logro obtenido en el año transcurrido.
El tiempo tampoco ayudaba. ¡Dios, cómo la cansaba la lluvia!
Pero Katy todavía estaba en casa y les quedaban dos cenas juntas. Quizás esa noche prepararía el plato preferido de su hija, tallarines con albóndigas, y luego encenderían fuego en el hogar y trazarían planes para la fiesta de Acción de Gracias, cuando Katy regresara por unos días.
Maggie encendió el limpiaparabrisas y tomó el camino de regreso a su casa, por el puente Montlake, que vibraba debajo de los neumáticos como el torno de un dentista, luego hacia el norte en dirección a Redmond. Cuando el automóvil empezó a subir las colinas, el penetrante aroma resinoso de los pinos entró por el sistema de ventilación. Maggie pasó junto a la entrada del Bear Creek Country Club, del que ella y Phillip habían sido socios por años. Desde su muerte, más de uno de los amigos casados le había hecho insinuaciones. El club había perdido atractivo para Maggie desde que él ya no estaba.
