
Al llegar a Lucken Lañe, se detuvo en la entrada de una casa de estilo campestre construida con madera de cedro y ladrillos a la vista, situada en la ladera de una colina boscosa; una casa de clase media con prolijos canteros de flores bordeando el sendero y macetas con geranios haciendo guardia a cada lado de los escalones. El control remoto levantó el portón del garaje y Maggie vio con tristeza que el automóvil de Katy no estaba.
En la cocina, sólo la lluvia cayendo por la canaleta afuera junto a la ventana y el zumbido del portón al cerrarse quebraron el silencio. Sobre la mesa, junto a un panecillo mordido y una hebilla para el pelo de color rosado estridente había un mensaje escrito sobre un anotador azul con forma de pie.
Salí de compras con Smitty y a buscar más cajas vacías. No me prepares comida. Besos, K.
Maggie reprimió la desilusión que sentía, se quitó el abrigo y fue a colgarlo en el guardarropa de la entrada. Recorrió el pasillo y se detuvo junto a la puerta de la habitación de Katy. Había ropa por todas partes, empacada en cajas, apilada o arrojada por encima de valijas a medio llenar. Dos gigantescas bolsas plásticas repletas de prendas en desuso yacían entre las puertas del placard. Una pila de vaqueros y otra de buzos de colores fuertes aguardaban limpieza al pie de la cama. Se veía solamente la parte superior del espejo del tocador; la mitad inferior quedaba oculta bajo una pila de revistas Seventeen y un cesto de ropa lleno de toallas prolijamente dobladas y ropa de cama nueva que aguardaban la mudanza a Chicago.
