Se miró en el espejo.

Lo extraño y tengo tantas ganas de llorar…

Después de quince segundos de compadecerse, metió el maquillaje en un cajón, cerró éste con un golpe, apagó la luz y salió de la habitación.

En la cocina, mojó un trapo y limpió las migas que había dejado Katy. Pero en camino al tacho de residuos, cometió el error de dar un mordisco al panecillo frío. El sabor de canela y uvas, mezclado con manteca de maní, debilidad de Katy y de su padre, desencadenó una reacción que ya no pudo reprimir. Una vez más llegaron las temidas lágrimas… calientes… ardientes.

Arrojó el panecillo a la basura con tanta fuerza que rebotó y aterrizó en el suelo. Maggie se aferró al extremo de la mesada y se dobló en dos.

¡Maldito seas, Phillip! ¿Por qué tuviste que tomar ese avión? Deberías estar aquí ahora. ¡Tendríamos que estar pasando por esto juntos!

Pero Phillip ya no estaba. Y pronto Katy también se iría. ¿Y luego qué? ¿Una vida de cenas a solas?


Dos días más tarde, Maggie estaba de pie junto al automóvil de Katy, en la entrada de la casa, viendo cómo su hija metía la última bolsa detrás del asiento. El aire que precedía la madrugada era frío y la niebla formaba una nube alrededor de las luces del garaje. El automóvil de Katy era nuevo, caro, un convertible con todos los lujos, pagado con una mínima fracción del dinero del seguro por fallecimiento de Phillip: un premio consuelo de la aerolínea para Katy por tener que pasar el resto de su vida sin padre.

– Listo, ya está. -Katy se enderezó y volvió el asiento a su lugar. Se volvió hacia Maggie. Era una bonita joven con los ojos oscuros del padre, el mentón con hoyuelo de Maggie y un peinado cósmico adecuado para la portada de una novela de ciencia ficción. Maggie nunca había podido acostumbrarse a ese aspecto. Al mirarle el pelo ahora, en el momento de la despedida, recordó con nostalgia cuando Katy era un bebé y ella la peinaba con un rulo en la coronilla.



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