Katy quebró el silencio.

– Gracias por los panecillos de manteca de maní, ma. Tendrán rico sabor cuando esté en Spokane o un lugar así.

– También te puse unas manzanas y un par de latas de Coca para cada una. ¿Estás segura de que tienes bastante dinero?

– Tengo todo, ma.

– Recuerda lo que te dije sobre correr en las carreteras.

– Utilizaré el control de velocidad, no te preocupes.

– Y si tienes sueño…

– Dejaré que maneje Smitty. Lo sé, ma.

– Me alegro tanto de que vaya contigo, de que estén juntas.

– Yo también.

– Bueno…

La realidad de la despedida las golpeó. ¡Habían estrechado tanto la relación desde la muerte de Phillip!

– Será mejor que me vaya -dijo Katy en voz baja-. Le dije a Smitty que pasaría a buscarla a las cinco y media en punto.

– Sí, tienes que irte.

Sus ojos se encontraron; nublados por la despedida y el dolor abrió un abismo entre ambas.

– Ay, mamá… -Katy se arrojó en brazos de su madre, abrazándose a ella con fuerza. Sus vaqueros se perdieron entre los pliegues de la bata de Maggie. -Te voy a extrañar.

– Yo también, mi vida. -Apretadas pecho contra pecho, con el aroma de las llores en el aire y gotas de humedad cayendo del techo a los canteros, intercambiaron un adiós desgarrador.

– Gracias por dejarme ir y por todo lo que me compraste.

Maggie respondió con un movimiento de la cabeza. La garganta cerrada no le permitía emitir sonido.

– Odio tener que dejarle aquí sola.

– Lo sé. -Maggie abrazó a su hija, sintiendo correr las lágrimas (¿suyas?, ¿de Katy?) por su cuello. Katy la sujetaba con fuerza y la mecía.



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