Le importaban un rábano el denim y la confección de ropa. La idea de otro año enseñando lo mismo que había enseñado durante quince años le parecía tan carente de sentido como cocinar para ella sola.

Por la tarde la recibió la casa, permanentemente vacía, llena de desgarradores recuerdos del zumbido de actividades de los tres. Llamó al hospital para averiguar sobre Tammi y le informaron que seguía en condición crítica.

Para la cena se frió dos rebanadas de pan remojado en leche y huevo y se sentó a comerlas ante la mesada de la cocina, acompañada por el noticiario de la tarde en un televisor de diez pulgadas. En la mitad de la cena sonó el teléfono y Maggie corrió a atender, esperando oír la voz de Katy diciéndole que estaba bien y que pasaría la noche en un motel cerca de Butte, Montana. En cambio, oyó una voz grabada, una voz de barítono con forzada vivacidad que decía, tras una pausa mecánica:

– Hola… Tengo un mensaje importante para ti de…

Colgó el teléfono con fuerza y lo miró con revulsión, como si el mensaje hubiera sido obsceno. Se apartó con furia, sintiéndose de algún modo amenazada por el hecho de que el instrumento cuyo sonido casi siempre había sido fuente de irritación en el pasado pudiera ahora acelerarle el pulso y crearle expectativas.

La mitad restante de tostada frita se le nubló ante la vista. Sin tomarse la molestia de arrojarla a la basura, se dirigió al escritorio y se sentó en el sillón de cuero verde de Phillip, aferrándose a los apoyabrazos y reclinando la cabeza contra el respaldo acolchado, como él había tenido la costumbre de hacer.

Si hubiera tenido el buzo de los Seahawks de Phillip, se lo habría puesto, pero como ya no estaba, decidió llamar a Nelda. El teléfono fono sonó trece veces sin que nadie respondiera. Probó luego con Diane, pero también sonó y sonó. Maggie por fin recordó que probablemente Diane estuviera en la isla Whidbey con sus hijos. En casa de Claire obtuvo respuesta, pero la hija le dijo que su madre había ido a una reunión y regresaría tarde.



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