Cortó y se quedó mirando el teléfono, mordisqueándose una uña.

¿Cliff? Reclinó la cabeza contra el respaldo. El pobre Cliff no podía resolver su propia pérdida, ni qué decir de ayudar a otros a resolver las suyas.

Pensó en su madre, pero la idea la hizo estremecerse. No fue hasta que agotó todas las otras posibilidades que recordó la recela del doctor Feldstein.

Llamen a viejos amigos, cuanto más viejos mejor, amigos con losque han perdido contacto…

Pero… ¿a quién?

La respuesta llegó como decidida por el destino.

A Brookie.

El nombre trajo un recuerdo tan vivido que pareció haber sucedido el día anterior. Glenda Holbrook y ella, ambas contraltos, estaban de pie una junto a la otra en la primera fila del coro de la escuela secundaria Gibraltar, fastidiando sin piedad al director, el señor Pruitt, tarareando una nota en el acorde final de la canción, convirtiendo un neto do mayor en un impertinente acorde de séptima con aires de jazz.

¿No son buenas noticias, Señor, no son buenas noticiaaaaaas?

En ocasiones Pruitt les perdonaba su creatividad y la dejaba pasar, pero casi siempre fruncía el entrecejo y agitaba un dedo para devolver pureza al acorde. En una oportunidad detuvo todo el coro y ordenó:

– Holbrook y Pearson, vayan afuera y canten sus notas disonantes todo lo que deseen. Cuando estén dispuestas a cantar la música como ha sido escrita, regresen.

Glenda Holbrook y Maggie Pearson habían estado juntas en primer grado. El segundo día de clases las pusieron en el rincón por conversar. En tercer grado recibieron un reto de la directora por romperle un diente a Timothy Ostmeier cuando voló una piedra en medio de una batalla de bellotas, aunque ninguna de las dos niñas confesó quién la había arrojado. En quinto grado la señorita Hartman las descubrió en el recreo del mediodía con vasitos de papel puntiagudos dentro de las blusas. La señorita Hartman, una solterona de pecho plano, rostro amargo y un ojo bizco, abrió la puerta del baño de mujeres justo en el momento en que Glenda decía:



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