¿Llamar a Brookie? ¿Y decir qué? ¿Qué podían llegar a tener en común luego de tanto tiempo?

Por pura curiosidad, Maggie se inclinó hacia adelante en el sillón de Phillip y buscó la H en el índice telefónico de metal. La tapa se abrió, revelando la letra prolija de Phillip, escrita con lápiz.

Sí, allí estaba, bajo su nombre de soltera: Holbrook, Glenda (señora Eugene Kerschner), R.R. 1, Fish Creek, W1 54212.

Siguiendo un impulso, Maggie tomó el teléfono y marcó.

Alguien atendió al tercer llamado.

– ¿Hola? -Una voz masculina, joven y resonante.

– ¿Está Glenda?

– ¡Ma! -gritó la voz-. ¡Es para ti! -Se oyó un golpe como si hubieran dejado caer el teléfono sobre una superficie de madera y al cabo de unos segundos, alguien lo levantó.

– ¿Hola?

– ¿Glenda Kerschner?

– Exacto.

Maggie ya estaba sonriendo.

– ¿Brookie, eres tú?

– ¿Quién…? -Aun por el teléfono, Maggie intuyó la sorpresa de Brookie.

– ¿Maggie, eres tú?

– Sí, soy yo.

– ¿Dónde estás? ¿En Door? ¿Puedes venir?

– Me encantaría, pero estoy en Seattle.

– Uy, mierda, espera un minuto. -Gritó a alguien en el otro extremo: -Todd, desenchufa esa porquería y llévatela a otro lado así puedo hablar. Perdón, Maggie, es que Todd está haciendo pochocho con un grupo de amigotes y ya sabes el ruido que hace una banda de muchachos. Caramba, ¿cómo estás?

– Bien.

– ¿En serio, Mag? Nos enteramos de la muerte de tu marido en ese accidente aéreo. El Advócate sacó un artículo. Tenía intención de mandarte una tarjeta de condolencias, hasta la compré, pero de algún modo se me pasó el tiempo y nunca llegué al correo. Era la temporada de las cerezas y ya sabes cómo se ponen las cosas aquí en época de cosecha. Maggie, lo siento tanto. He pensado en ti millones de veces.



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