– Gracias, Brookie.

– ¿Y cómo estás?

– Bueno, algunos días son mejores que otros.

– ¿Hoy fue un mal día? -preguntó Brookie.

– Sí… bastante malo. He pasado peores, pero… -De pronto Maggie sucumbió. -Ay, Brookie. -Apoyó un codo sobre el escritorio y se cubrió los ojos. -Es un horror. Katy acaba de partir para la Northwestern de Chicago y una mujer de mi grupo de terapia trató de suicidarse la semana pasada y yo estoy aquí sentada en la casa vacía preguntándome qué mierda pasó con mi hermosa vida.

– Ay, Maggie…

Sorbiendo los mocos contra el puño, Maggie dijo:

– El psiquiatra dijo que a veces hace bien hablar con viejas amigas… reírse de los viejos tiempos. Así que aquí me tienes, llorando sobre tu hombro, igual que cuando éramos adolescentes y teníamos problemas con chicos.

– Ay, Maggie, deberían fusilarme por no haberte llamado yo antes. Cuando tienes tantos hijos a veces te olvidas que hay un mundo afuera de la cocina y el lavadero. Perdóname por no haberte llamado ni escrito. No tengo excusas. Maggie… ¿me oyes? -Brookie parecía alarmada.

– Sí -masculló Maggie.

– Ay, Maggie… ¡Dios, cómo me gustaría estar más cerca!

– A mí también. A veces daría c…cualquier c…cosa por poder sentarme contigo y llorar hasta reventar.

– Ay, Maggie… caramba, no llores.

– Lo siento. Parece ser lo único que he hecho en este último año. Es tan difícil.

– Lo sé, mi querida, lo sé. Ojalá pudiera estar contigo… Vamos, cuéntame todo. Tengo todo el tiempo del mundo.

Maggie se secó los ojos con el dorso de las manos y respiró hondo.

– Bueno, tuvimos que hacer un ejercicio en la terapia esta semana, donde poníamos a alguien en una silla y le decíamos adiós.



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