Yo lo puse a Phillip y me despedí, y supongo que realmente dio resultado porque me estoy dando cuenta por fin que se fue y ya no volverá.-Era tan fácil hablar con Brookie. Los años de separación podían no haber pasado. Maggie le contó lodo, lo feliz que había sido con Phillip, cómo trató de persuadirlo de no hacerse esa escapada a los casinos, cómo él la convenció por fin prometiéndole hacer un viaje a Florida juntos en las vacaciones de Pascua, el horror de enterarse que el avión había caído con cincuenta y seis personas a bordo, la agonía de enviar registros dentales y esperar a que confirmaran los nombres de los muertos, lo extraño y fantasmagórico del servicio fúnebre sin cuerpo mientras las cámaras de televisión enfocaban su rostro y el de Katy.

Y lo que había sucedido después.

– Es realmente extraño lo que pasa cuando eres viuda. Tus amigos te tratan como si fueras leprosa. Eres la que crea lugares desparejos en una cena ¿me entiendes? La quinta para jugar al bridge. La que sobra. Phillip y yo éramos socios de un club, pero hasta allí cambiaron las cosas. Nuestros amigos… bueno, yo creía que eran amigos hasta que él murió y dos de ellos se me tiraron lances mientras sus mujeres jugaban al golf a menos de seis metros de distancia. Después de eso abandoné el golf. La primavera pasada finalmente dejé que una de las profesoras me concertara una cita a ciegas.

– ¿Y cómo salió?

– Pésimamente.

– ¿Como con Frankie Peterson?

– ¿Frankie Peterson?

– Sí, recuerdas a Frankie Peterson, ¿no? ¿Un dedo en cada orificio?

Maggie lanzó una carcajada. Rió hasta no poder más, hasta quedar recostada en la silla con el teléfono sujetado contra el hombro

– ¡Por Dios, me había olvidado de Frankie Peterson!

– ¿Cómo puede una chica de la Gibraltar olvidar a Frank el rápido? ¡Estiraba más elástico que los Empaquetadores de Bahía Green!



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