
Rieron otro poco y luego Brookie preguntó con tono serio:
– Bueno, cuéntame sobre este tipo con quien te hicieron salir. Trató de encamarse contigo, ¿verdad?
– Exactamente. A la una de la mañana, empezó a manosearme en la puerta de entrada de mi casa, por Dios. Fue horrible. Pierdes la práctica para sacártelos de encima, ¿sabes? Me hizo sentir vergüenza, humillación y… y… ¡Caramba, Brookie, qué rabia me dio!
– ¿Qué hiciste, lo echaste de un puñetazo?
– Le cerré la puerta en la cara, me metí en casa y preparé albóndigas.
– ¡Albóndigas! -Brookie reía tan fuerte que casi no pudo pronunciar la palabra.
Por primera vez. Maggie vio el humor de la situación que le había resultado tan humillante en aquel entonces. Se echó a reír con Brookie, lanzando fuertes carcajadas que la dejaron sin aire y con dolor de estómago, caída hacia atrás en la silla y mirando el cielo raso.
– Por Dios, qué bien me hace hablar contigo, Brookie. Hacía meses que no me reía así.
– Bueno, al menos sirvo para algo que no sea tener hijos.
Rieron un poco más. Luego la línea quedó en silencio y Maggie se puso seria otra vez.
– ¡Es un cambio tan grande! -Se acomodó en la silla, meciéndose y jugueteando con el cable del teléfono. -Sientes tanta necesidad, no sólo de sexo sino también de afecto. Luego sales con un hombre y cuando trata de besarle te pones tiesa y te comportas como una tonta. Volví a hacerlo la semana pasada.
– ¿Otra cita a ciegas?
– Bueno, no del todo. Era un hombre que trabaja en el supermercado, que también perdió a su mujer hace muchos años. Lo conozco de vista hace tiempo y me daba cuenta de que yo le gustaba. En fin, en el grupo de terapia me volvían loca para que lo invitara, de modo que finalmente lo hice. ¡Y no vayas a creer que me fue fácil! La última vez que salí con alguien, eran los hombres los que invitaban. Ahora lo hace cualquiera. Así que lo invité a salir, y trató de besarme y yo… bueno, yo me congelé.
