
– Eh, Mag, no te sientas presionada. Dicen que lleva tiempo y solamente fueron dos salidas.
– Sí… bueno… -Maggie suspiró, apoyó la sien contra un dedo y confesó: -A veces sientes deseo, sabes, y se te nubla el pensamiento.
– Muy bien, vieja calentona, escúchame. Ahora que me lo confesaste y no me morí de horror, ¿te sientes mejor?
– Muchísimo mejor.
– ¡Bueno, qué alivio!
– El doctor Feldstein tenía razón. Dijo que hablar con personas del pasado hace bien, que nos remonta a una época en la que no teníamos preocupaciones. De modo que te llamé, y no me fallaste.
– ¡Me alegro tanto de que me hayas llamado! ¿Hablaste con alguna de las demás? ¿Con Fish? ¿Lisa? ¿Tani? Sé que les encantaría saber de ti.
– Han pasado tantos años desde que hablé con ellas.
– Pero, nosotras cinco, éramos el Quinteto Fatal. Se que querrían ayudar si estuvieran en condiciones de hacerlo. Te daré sus números de teléfono.
– No me digas que Jos tienes. ¿Los de todas?
– Estuve encargada de las invitaciones para las reuniones de clase dos veces. Me eligen porque sigo viviendo por aquí y tengo más de media docena de hijos para ayudarme a escribir las direcciones en los sobres. Fish vive en Brussels, en Wisconsin; Lisa, en Atlanta; y Tani, en Bahía Green. Espera un segundo, buscaré los números.
Mientras Brookie buscaba, Maggie recordó los rostros de sus amigas. Lisa, la belleza del grupo, parecida a Grace Kelly; Carolyn Fisher, alias Fish, con una nariz respingada que siempre odió; Tani, una pelirroja pecosa.
– ¿Maggie, estás ahí? -Sí.
– ¿Tienes un lápiz?
– Sí. Adelante.
Brookie le dictó los números telefónicos de las chicas, luego agregó:
– Tengo algunos más. ¿Qué te parece el de Dave Christianson?
