
Habían luchado contra eso en otras ocasiones: la impotencia, la furia ante dicha impotencia. Cada una de las personas del círculo sentía lo mismo, pues un golpe para uno de ellos era un golpe para todos. Habían invertido tiempo y lágrimas los unos en los otros, se habían contado sus más íntimos sufrimientos y temores. Pensar en tanto esfuerzo tirado por la borda era como haber sido traicionados.
Cliff estaba inmóvil y parpadeaba con fuerza.
Diane respiró hondo y bajó la cabeza hacia las rodillas.
El doctor Feldstein buscó detrás de su silla una caja de pañuelos de papel que estaba sobre el fonógrafo y la puso sobre la mesa en el medio del círculo.
– Bien, comencemos por los hechos básicos -dijo con tono pragmático -. Si decidió no llamar a ninguno de nosotros, no hubo forma en que hubiéramos podido ayudarla.
– Pero ella es parle de nosotros -objetó Margaret, abriendo las manos -. Lo que quiero decir es que estamos luchando todos por lo mismo, ¿no? Y creíamos estar progresando.
– Y si ella pudo hacerlo, ninguno de ustedes está a salvo ¿no es así? -terminó el doctor Feldstein para luego responder a su propia pregunta: -¡Pues se equivocan! Esto es lo primero que quiero que se graben en la mente. Tammi hizo una elección. Cada uno de ustedes elige hacer cosas todos los días. Está bien que se sientan furiosos por lo que hizo, pero no está bien que se vean en el lugar de ella.
Hablaron sobre el tema, discutiendo con pasión y compasión, animándose más a medida que exteriorizaban sus sentimientos. La furia se convirtió en lástima y ésta en fervor renovado para hacer todo lo posible por mejorar sus propias vidas. Cuando todos se serenaron, el doctor Feldstein anunció:
– Vamos a hacer un ejercicio; creo que todos están preparados para hacerlo. Si no es así, díganlo y nadie hará preguntas. Pero para aquellos que deseen resolver esa impotencia que sienten por el intento de suicidio de Tammi, creo que servirá.
