
Se puso de píe y colocó una silla de madera en el centro de la habitación.
– Hoy vamos a decirle adiós a algo o a alguien que ha estado obstaculizando nuestra mejoría. A alguien que nos ha dejado a través de la muerte, o quizá de modo voluntario, o a algo que no hemos podido enfrentar. Podría ser un lugar al que no hemos podido ir, o un viejo rencor que hemos llevado adentro demasiado tiempo. Sea lo que fuere, lo vamos a poner en esa silla y le diremos adiós en voz alta. Y una vez que nos hayamos despedido, informaremos a esa persona o a esa cosa qué vamos a hacer para ser más felices. ¿Me comprenden todos? -Al no obtener respuesta, el doctor Feldstein agregó: -Yo seré el primero.
Se puso de pie delante de la silla vacía, abrió la boca y se pasó las palmas de la mano por la barba. Luego respiró hondo, miró el suelo, la silla y dijo:
– Voy a decir adiós de una vez por todas a mis cigarrillos. Renuncié a ustedes hace más de dos años, pero todavía me pongo la mano en el bolsillo de la chaqueta para buscarlos, así que hoy los coloco en esa silla y les digo adiós, cigarrillos Doral. En el futuro me haré más feliz abandonando el resentimiento que siento por haber dejado de fumar. Desde ahora, cada vez que busque en el bolsillo, en lugar de maldecir en silencio por encontrarlo vacío, voy a agradecerme a mí mismo el regalo que me he hecho, -Saludó la silla con la mano. -Adiós, cigarrillos Doral.
Regresó a su lugar y se sentó.
Las lágrimas habían desaparecido de los rostros. En su lugar había una franca introspección.
– ¿Claire? -preguntó el doctor Feldstein con suavidad.
Claire se quedó sentada un minuto, sin moverse. Nadie dijo una palabra. Por fin, se levantó y fue hasta la silla.
Al ver que no le salían las palabras, el doctor Feldstein preguntó:
– ¿Quién está en esa silla, Claire?
– Mi hija Jessica -logró mascullar ella.
