
Se secó las manos contra los muslos y tragó con fuerza. Todos aguardaron. Por fin comenzó:
– Te extraño muchísimo, Jess, pero después de esto ya no voy a dejar que ese sentimiento me controle la vida. Me quedan muchos años y necesito sentirme feliz para que tu padre y tu hermana puedan también sentirse felices. Y lo que voy a hacer es ir a casa, sacar tu ropa del placard y regalarla a los pobres. Así que me despido, Jess. -Se encaminó hacia su lugar, pero luego se volvió. -Ah, y también voy a perdonarte por no haberte puesto el casco ese día, porque sé que eso ha estado impidiendo que me mejore. -Levantó una mano. -Adiós, Jess.
Maggie sintió el ardor de lágrimas en los ojos y vio borrosamente cómo Claire se sentaba y Diane tomaba su lugar.
– La persona en la silla es mi marido, Tim. -Diane se secó los ojos con un pañuelo de papel. Abrió la boca, la cerró y se tomó la cabeza con una mano. -Es tan difícil -susurró.
– ¿Preferirías esperar? -preguntó el doctor Feldstein.
Ella volvió a secarse los ojos con obstinada determinación.
– No, quiero hacerlo. -Clavó la mirada en la silla, endureció la mandíbula y comenzó:
– He estado realmente furiosa contigo, Tim, por morir. Me refiero a que estuvimos juntos desde la secundaria y en mis planes había otros cincuenta años, ¿sabes? -El pañuelo fue a dar contra sus ojos otra vez. -Bueno, sólo quiero que sepas que ya no estoy enojada, porque quizá tú también planeabas otros cincuenta, así que… ¿qué derecho tengo? Y lo que voy a hacer para mejorarme es ir con los chicos a la cabaña de Whidbey este fin de semana. Han estado pidiéndomelo y yo siempre digo que no, pero ahora iré, porque si yo no me mejoro, ¿cómo mejorarán ellos? Así que adiós, Tim. Suerte, viejito.
Regresó apresuradamente a su lugar.
Todos los integrantes del círculo se secaron los ojos.
– ¿Cliff? -sugirió el doctor Feldstein.
