
– Prefiero pasar -susurró Cliff, con la mirada baja.
– Perfecto. ¿Nelda?
– Ya me despedí de Cari hace mucho tiempo -respondió Nelda -. Paso.
– ¿Maggie?
Maggie se puso de pie muy despacio y se acercó a la silla. Sobre ella estaba Phillip, con los cinco kilos de más que nunca pudo adelgazar luego de cumplir los treinta, los ojos verdes casi marrones y el pelo rubio demasiado largo (como había estado cuando tomó aquel avión) y el buzo de los Seahawks que siempre usaba. Ella todavía no lo había lavado. De tanto en tanto lo descolgaba de la percha y lo olía. Le producía terror renunciar a su dolor, terror de que cuando éste ya no estuviera no quedara nada y ella se convirtiera en una cáscara incapaz de sentir en absoluto. Apoyó una mano abierta sobre el travesaño superior de la silla y exhaló un suspiro tembloroso.
– Bueno, Phillip -comenzó a decir-. Ya pasó un año y ha llegado el momento. Creo que igual que Diane, siento rabia porque tomaste ese avión por un motivo tan tonto: una escapada a los casinos; tu afición por el juego era lo único que siempre me enfureció. No, mentira. También me enfureció que hubieras muerto justo cuando Katy estaba por terminar la secundaria y hubiéramos podido empezar a viajar más y disfrutar de nuestra libertad. Pero prometo que me sobrepondré y comenzaré a viajar sin ti. Pronto. También voy a dejar de considerar el dinero del seguro como dinero sucio, así podré disfrutarlo un poco más; y voy a intentar reanudar mis relaciones con mamá porque creo que voy a necesitarla ahora que Katy se va. -Dio un paso atrás y saludó con la mano. -Adiós, Phillip. Te amaba mucho.
Una vez que Maggie terminó se quedaron sentados largo tiempo en silencio. Por fin el doctor Feldstein preguntó:
– ¿Cómo se sienten? -Tardaron unos minutos en responder.
– Cansada -dijo Diane.
– Mejor -admitió Claire.
– Aliviada-dijo Maggie.
