
Al otro lado del ladrillo y las barras de acero oigo el sonido de los desechos que se derraman por el patio. Ululando en el aire frío. Sus palabras suben hacia el cielo en forma de nubes de humo. El ruido de sus burlas obscenas queda amortiguado por la sucia ventana de la pequeña sala cuadrada. Miro hacia fuera y veo el muro. En la cima, el ojo vacío de la torre lo observa todo. Un guardia está inclinado ante un libro. No hay ningún rifle a la vista.
Pienso en Jessica, mi mujer. Hermoso cabello oscuro. Sexy, en un estilo infantil. Era una chica dulce. Así la describiría; así era, a pesar de todo. Aunque le eche la culpa.
Qué enfermo.
¿Cómo podría entenderlo el médico jefe de la cárcel?
– Nunca creí que pudiera matar a nadie -digo, y vuelvo a suspirar porque sé que voy a contárselo, aunque no nos beneficiará a ninguno de los dos-. No hablo de matar en un ataque de furia, o en legítima defensa, o en una guerra. Hablo de matar a alguien para conseguir lo que quieres. Ése no era yo. Pero incluso los mejores tenemos un lado oscuro. No digo que yo fuera el mejor, pero tampoco era de los peores. Creo que me hallaba donde está la mayoría de la gente. Fueron las circunstancias.
Ahora toma notas: el Bic azul recorre el papel amarillo. Un dedo gordo está constreñido por un anillo universitario con una piedra naranja. Las inscripciones doradas están desdibujadas, gastadas. Estoy acostumbrado a que los psiquiatras escriban mientras hablo, pero no así, en grandes letras ondulantes que se inclinan hacia un lado.
