
– ¿Qué? -dice él.
– Nada. Amaba a mi esposa. Jessica. También quise a los hombres; a los que maté. ¿Lo cree? Pero el amor y el odio a veces están muy próximos, ¿verdad?
El loquero sonríe como si yo acabara de adivinar que el mundo es redondo. Agarra el anillo y lo gira.
– Y la verdad es que ansiaba el dinero. Dinero de verdad. Sí, ya lo sé; me llovían los millones. Pero cuanto más tienes, más quieres. Posees una mansión en la playa de Tórtola y quieres un avión privado para viajar hasta allí. Entonces tu vecino te saca a dar un paseo en su yate y piensas en lo agradable que sería poseer uno. Tal vez incluso un helicóptero para llegar más rápido. No se acaba nunca. Créame, cuando empecé creía que si podía ganar cien mil dólares al año y vivir en una casa libre de hipoteca ya tendría todo lo que necesitaba. Aunque eso fue antes de Jessica.
– Entonces ¿le echas la culpa a ella -pregunta él- de tu ambición?
– Donde yo crecí no intentas librarte de las cosas cargándoselas a otros -contesto-. Pero escúcheme, y luego deduzca cuánto me corresponde a mí y cuánto a ella. Lo entenderá. -Tomo aire antes de proseguir-. Fue hace seis años, pero no parece que haya pasado tanto tiempo. Fue una mala noche.
– ¿En qué sentido?
