
– En el sentido de que, a partir de ahí, todo empezó a derrumbarse. Incluso el tiempo era desapacible: una fría lluvia, nieve húmeda que caía a raudales. El cielo estaba negro.
2
Temblaba. El aguacero me aplastaba los mechones de pelo al cuero cabelludo como si fueran cuerdas. De mi nariz goteaba nieve fundida hasta llegar a la boca. Me la sequé con los dedos y aspiré el olor a animal muerto procedente de los guantes. La cazadora negra se me pegaba a los tejanos; las botas de goma, que me llegaban casi hasta las rodillas, emitían suaves crujidos.
La furgoneta me esperaba en la carretera, en el linde del coto de caza de cuatro mil hectáreas, lo bastante alejada para que nadie me viera ir o venir. Había que recorrer a pie una distancia de casi cuatro kilómetros para llegar al refugio. Aunque lo llamo así, la palabra no le hace justicia.
Era un lugar tan imponente como el hombre que lo había creado. Un monstruo tendido que medía casi cien metros de un extremo a otro. Algo sacado del mundo Disney. Desproporcionado. Troncos gruesos como pozos y más largos que los postes telefónicos, apilados hasta formar tres pisos de altura. El tejado, planchas de cedro de cinco centímetros de ancho, remataba la construcción. La chimenea principal medía quince metros de altura y las piedras de los cimientos eran del tamaño de coches pequeños.
En el interior había espacio para cuarenta camas. Antigüedades europeas, escopetas viejas, piezas de bronce Remington, cabezas de anímales disecadas y cuadros centenarios ocupaban los espacios libres. Tenía sala de proyección, cuarto de baño con jacuzzi, una cocina enorme, ascensor y una bodega con catacumbas, como un castillo inglés.
Caminé hasta el puente y me paré en un punto desde el que se podía ver el refugio al otro lado del lago prefabricado de setecientos metros, mientras el extraño resplandor de un relámpago alumbraba el cielo. No hubo trueno alguno, sólo un silencio tan fuerte que me retumbó en los oídos. En el parpadeo de luz, vi un camión aparcado junto al refugio en penumbra. Al lado del enorme edificio parecía un vehículo de juguete. A través de la nevada, un resplandor amarillento se colaba por las ventanas superiores.
