
El refugio había sido construido en una península y tuve que recorrer otro kilómetro y medio, rodear la parte trasera del lago y adentrarme en el bosque que preservaba la entrada principal con el crujido de mis botas como única compañía. Una calzada circular de guijarros conducía hasta la puerta y luego descendía, pasando junto a un pequeño huerto de manzanas hasta llegar a un garaje subterráneo. Seguí subiendo, mientras se me hundían las botas en la nieve, y luego bajé por un tramo escondido de escaleras de hierro forjado que desembocaban en un nivel inferior, por debajo de la calzada elevada. El espacio olía a piedra húmeda.
La doble puerta -como todas las demás de la casa- procedía de una fortaleza persa del siglo XI. Ambas eran abovedadas y estaban rematadas y tachonadas en bronce con cerraduras y goznes, cuyo objetivo había sido mantener a raya a los invasores. Pero estábamos en el norte del estado de Nueva York, un entorno rural donde la gente dejaba las llaves de los coches puestas y las casas sin cerrar. El sistema de seguridad del refugio servía para proteger de la cautela, no de la fuerza. Todos los accesos se controlaban electrónicamente gracias a un pase visual.
Los miembros de la familia y unos cuantos amigos íntimos -yo me hallaba en algún lugar intermedio- tenían sus modelos de retina programados en el sistema. Presioné el botón, acerqué el ojo a la pequeña abertura y me quedé mirando la luz verde hasta que se produjo el breve y agudo pitido.
La cerradura cedió y la luz del teclado numérico cambió de rojo a verde. El rumor sofocado de un trueno resonó a lo lejos mientras me deslizaba hacia el interior.
