
Cuando cerré la puerta noté que la sangre se me agolpaba en las sienes. Mi ropa empapada goteaba sobre el suelo de piedra. En la pared vi mi foto colgada, entre todas las fotografías de las cacerías tomadas a lo largo de los años. Estaba entre James King y su hijo Scott. Ben también aparecía, los cuatro íbamos provistos de escopeta y luciendo amplias sonrisas, con una doble fila de patos muertos a nuestros pies.
Más allá del muro del que colgaban las fotos había estantes de ropa de caza de camuflaje. Chaquetas, pantalones y sombreros. Una pared llena de botas. Naranja brillante para la temporada del ciervo. Verde musgo para la del pavo. Amarillo pálido con rayas marrones para la del pato. Encima había tres lobos disecados luchando contra un alce americano. Otro montaje mostraba a un oso en plena batalla con un alce macho.
Una luz amarilla salía del cuarto de baño. El sonido del agua me revolvió el estómago. Me acerqué lo bastante para atisbar a través de las rejas de las puertas antiguas y vi las suaves toallas de color rojo rubí y el vapor que se elevaba de la burbujeante bañera de piedra, pero no había nadie en ella. Entré y revisé las duchas.
Vacías.
Me apoyé en la rugosa pared de granito y aspiré el aire caliente y húmedo. Cuando el martilleo de mi cabeza se detuvo, me dirigí a los armarios de caza, en busca del que llevaba la inscripción «Scott» pintada sobre la madera, junto con un abedul y un carcayú. Sabía la combinación. ¿Por qué no iba a saberla? Scott y yo habíamos sido buenos amigos desde la universidad. Él me enseñó a cazar.
La puerta se abrió con un clic. Se encendió la luz. El cuchillo de mango de hueso estaba en un estante. Scott cambió unos tejanos por aquel arma blanca con un cazador de Mozambique cuando estuvo allí de safari. Lo saqué, cerré la puerta y subí las escaleras traseras que, después de pasar por la cocina, llegaban hasta el tercer piso.
