
Sí, estaba comprometida… con Beaumont McNair. Y yo sabía perfectamente quién era Beau McNair. Ella pertenecía a Nob Hill, y él era para los de Nob Hill lo que los de Nob Hill eran para los de South of the Slot
Bailé el pecaminoso vals con Amelia pasando junto al estrado de la banda de música; el sudor me empapaba la frente por el calor de julio, y también hacía brillar la de ella. Me sonrió con sus labios rosados. Las oscuras líneas de sus cejas estaban elevadas, como si viviera en una constante y agradable sorpresa. Quizás exagerase ligeramente ante ella mi importancia como periodista y evité mencionar que me convertía en ayudante de impresión y cargador de bultos las noches de los jueves cuando el Hornet entraba en prensas.
Ella comentó que no creía haber bailado nunca antes con un demócrata.
Comparamos nuestros logros académicos. Yo había estudiado matemáticas, gramática y latín con los Hermanos Cristianos en Sacramento; ella había «terminado» su instrucción en el Instituto de Miss Cooley de San Francisco.
La conduje a un balcón con vistas al Tenderloin y el ancho surco de Market Street a la izquierda, envuelto en luces. Hacia el oeste las luces de la ciudad se extendían por las colinas y se juntaban en los valles, desapareciendo finalmente tras un banco de niebla. Nos acercamos a la barandilla respirando el aire fresco que nos llegaba de la Bahía. Fingí estar enfrascado admirando las vistas a nuestros pies. No estaba acostumbrado a estar con mujeres que fueran tan altas como yo.
– Es tan hermoso de noche -dijo Amelia-… Pero piense en todas las cosas terribles que podrían estar sucediendo allá abajo, incluso en este mismo instante.
