– Antes, esta misma tarde, he visto los restos de una pobre joven que ha sido descuartizada por un demente.

– Mi padre leyó la noticia en el Alta -dijo Amelia-. Un asesinato terrible. Y ella era una… ¿mujer de la calle?

– De Morton Street -comenté.

Entre Nob Hill y Market Street estaba Union Square, adonde daban las fachadas de los restaurantes y salones elegantes del Upper Tenderloin. Partiendo desde Union Square en dirección a Market Street se veían las luces rojas de Morton Street. Oculta a nuestra vista estaba Portsmouth Square, otra madriguera de casas de citas y burdeles y, entre medias, el laberinto de callejuelas de Chinatown, donde las esclavas sexuales anuncian a gritos su mercancía.

Resultaba embarazoso, con esta joven dama a mi lado, estar pensando en la City como un amasijo palpitante de fornicación.

– Es difícil para alguien joven entender… -dijo ella con voz grave-. Todas estas mujeres…

– Dicen que hay tres hombres por cada mujer en San Francisco -comenté-. No hace muchos años la proporción era de diez por una.

– Pero no son sólo los hombres jóvenes, por lo que sé. Hombres casados, también.

Entonces supe que estábamos hablando de la misma cosa.

– Un alivio para sus esposas -dije yo.

– No entiendo ese comentario, señor Redmond.

– La frecuente gratificación del marido puede poner en peligro la salud de la esposa.

Su silencio indicó que tampoco entendía esto último, y creo que yo estaba profundizando en la materia más de lo apropiado.

– Esposas que ya han dado a luz a seis u ocho hijos -añadí-. O diez o doce.

– Sí, entiendo -dijo ella rápidamente.

Me volví para mirar sus rizos, que ondeaban al viento y susurraban alrededor de su rostro; su expresión era decidida e intensa mientras miraba hacia Morton Street. Aparté la vista para que no me pillara admirando su belleza.



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