– ¿Era guapa, la mujer asesinada? -preguntó.

– Era francesa. Tenía un poco de bigote, pero era guapa, sí -pude sentir cómo se me endurecía la expresión en el rostro, como barro secándose.

– ¿Muy joven?

– No muy joven.

Se frotó los antebrazos con las manos como si tuviera frío y dijo:

– Señor Redmond, las jóvenes de mi posición son muy inocentes en los asuntos de la vida que les rodea. Estábamos hablando hace un momento de nuestras educaciones. Me gustaría sacar provecho de su mayor cultura.

En esta ocasión fui yo el que no comprendió lo que quería decir. Me sorprendí a mí mismo frotando las mangas de mi chaqueta, imitando su gesto.

– ¿Me acompañaría a Union Square y Morton Street, señor Redmond? -preguntó ella-. Para que pueda ver esos… lupanares con mis propios ojos.

– ¿Esta noche?

Ella rió súbitamente.

– Mi hermano se va a quedar de piedra. ¿Podría decirle que me acompañará usted a casa?

– ¡Por supuesto! -dije, tiritando.

Así que bajé por Nob Hill con Amelia Brittain. Ella llevaba su capa y su gorrito, y yo con mi sombrero de hongo, fingiendo tener más control de la velada que el que realmente tenía. Su mano estaba suavemente apoyada en mi brazo. Giramos por Bush Street en la oscuridad, entre las dos esquinas iluminadas, y pasamos de largo junto a grupos de dos o tres hombres. Algunos levantaban su sombrero a Amelia.

La fachada del Salón Alhambra, cuartel general del Jefe Chris Buckley, estaba coronada por una guirnalda de faroles encendidos. Justo cuando pasábamos por delante de la entrada, un grupo de bebedores salió en tropel por la puerta, riendo escandalosamente y agudizando mi nerviosismo.

Entre el grupo de compinches estaba el propio Jefe Ciego. Sus grandes y blancos globos oculares miraban fijos al frente, y llevaba el sombrero ladeado en la cabeza. Amelia y yo nos vimos rodeados por la pandilla.



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