– Buenas noches, señor Buckley -dije.

Podía reconocer mi voz; la magia de su oído residía en que era capaz de reconocer a las personas por su voz o incluso, afirmaban algunos, por sus pisadas.

– ¡Muy buenas noches, Tom Redmond! -su rostro mostraba las arrugas de su famosa sonrisa-. ¿Y qué tal lo está pasando esta agradable noche, querido amigo?

Le presenté a la señorita Brittain.

Buckley se quitó el sombrero y encorvó los hombros en una media reverencia.

– ¿Es esta señorita, por un casual, la hija de James M. Brittain?

– Sí, es mi padre -dijo Amelia con voz firme.

– El prestigioso ingeniero de minas -exclamó Buckley asintiendo-. Buenas noches, señorita Brittain. Su acompañante es un joven excelente, como estoy seguro que ya sabe. Tom, cuídela bien. ¡Buenas noches, señorita Brittain! ¡Buenas noches, Tom!

Y a continuación fue arrastrado por su cohorte de cortesanos, los cuales levantaron todos cortésmente sus sombreros a Amelia.

– ¡Ése era el infame Jefe Ciego! -susurró Amelia.

Me apretó el brazo con la mano.

– Ése era el famoso Chris Buckley -dije, y giré atravesando Bush Street en dirección a Morton Street.

No era lugar para una dama, y ya estaba arrepintiéndome por haber accedido a esta excursión antes incluso de que llegáramos a Union Square. Aquí las farolas alumbraban con una luz más brillante, y las sombras intermedias eran más densas y estaban pobladas de hombres cubiertos con sombrero que se separaban a nuestro paso y luego se volvían a juntar nerviosamente. Estos grupos generaban un profundo murmullo de conversaciones. La niebla flotaba por las calles con un aire gélido que parecía tocarme el rostro, como si fueran dedos.

– No creo que sea buena idea que la lleve más allá de este punto, señorita Brittain -dije.

– He sido yo quien le ha pedido que me trajera, señor Redmond. ¿Hay algún peligro?



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